lunes, 15 de febrero de 2016

La obsesión sexual en este siglo de la decadencia

Una señora muy mexicana, educadora excepcional, me preguntó sobre los argumentos sociológicos que tendría al ver y publicar una fotografía de dos jovencitas que no pasan los 15 años besándose en pleno plantel educativo.

Eso me llevó a pensar si vale la pena escribir un lienzo sobre el verdadero asunto de este dilema que como plaga igual que el Zica se propaga por todo el mundo. 
Tanto la mujer que quiere liberarse, como el joven que se rebela, como la familia que se derrumba pueden tener algo que ver con el sexo. 
El sexo es un signo de nuestro tiempo desde que Segismundo Freud lo descubrió como la causa de problemas psicológicos tan graves como histeria, que él atribuyó a la represión de los instintos sexuales.
Una de las maneras con que se ha querido resolver el problema ha sido el de la educación sexual, cosa tabú, absolutamente inexistente en el pasado. El sexo era pecado. Sólo podía el matrimonio, dentro de ciertas limitaciones, redimirlo de este estigma. Matrimonios hubo en que las relaciones conyugales se consumaban con un ridículo pudor. Mujeres ha habido en este siglo que se vanagloriaban de que su marido nunca las habían visto desnudas. ¿Y esa descendencia que se había tenido?
Tras Freud vino la Endocrinología, las glándulas de secreción interna, que eran, en definitiva, las misteriosas fuentes que suministraban los humores necesarios para la vitalidad del ser y la potencia de sus facultades.
Con las glándulas sexuales, productoras de las hormonas, tanto masculinas y femeninas, se abrieron nuevos horizontes para el misterioso problema milenario de la sexualidad. El sexo devino en ciencia, con sus tratadistas, tanto en cuanto a la teoría como  a las «praxis». Se han escrito miles  y miles de tratados sobre esos temas, de cuyo contenido es que se ha extraído como disciplina o materia educativa, dentro o fuera de los centros académicos, la llamada «educación sexual».
¿Cuándo se había enseñado esa materia? Jamás. Quiérase o no aceptar, se ha vivido por años bajo la obsesión del tema, porque el sexo, una vez liberado de su recato, tanto en el hombre como en la mujer, se convirtió en una realidad social insoslayable.
Se ha llegado a la conclusión que el sexo es el motor de la conducta humana y de muchas de las manifestaciones de su mente y su alma. Del sexo depende el rendimiento físico en todos los aspectos. La salud en general está supeditada al sexo. Del sexo depende la felicidad personal y la ventura conyugal.
Con el conocimiento del fenómeno, en todos sus detalles, de biología y de técnica,  el sexo se ha desbordado, por otra parte, provocado por las costumbres, incitado por la publicidad y desparramado por las redes sociales. Todo es una provocación sexual. No hay anuncio, de lo que sea, sin un mensaje que tenga que ver con la mujer, si la publicidad va dirigida al hombre, o relativa al hombre, si va enderezada hacia la mujer.

Es decir, tanto la una como el otro han devenido en ingredientes publicitarios para la venta de un licor, o de un automóvil. La literatura se rebozó de sexo. Temas literarios, como «Bragas de Oro», «La de la Tanguita roja» «El Guardia con el tolete», «Yo te como ese conejo», llegó hasta el escándalo en el cine, y no menos en el teatro, como aquella famosa, «Locutoras de micrófonos masculinos», «Diálogo con la vagina».Hay una película japonesa, para poner un ejemplo más,  en la que hay una escena, en un burdel, donde un joven sentado fornica con una joven sentada a horcajadas sobre él, mientras en la puerta, una mujer toca un instrumento.
Tras de esto una vasta pornografía, como una expresión sórdida, comercializada y vulgar de algo tan bello como el desnudo, de algo tan hermoso como la comunión amorosa.
Bajo el furor del sexo se ha llegado a extremos tales que una reciente estadística ha declarado que casi la mitad de las adolescentes de la primera parte de la secundaria tienen ya experiencia sexual. Una experiencia sexual indiscriminada, por la libre, sin previa selección, por puro instinto, en forma casual y rudimentaria, sin solemnidad alguna, sin ninguna dignidad, ni compromiso, ni deberes, ni responsabilidades. Las presentaciones que se hacen por las redes sociales de jovencitas es enviar una fotografía con las nalgas abiertas como para que el receptáculo las ventile. De no ser así se considera a la persona «demodé». ¡Su Santísimo!
Esto, con más o menos disimulo, existe en todas las edades, en todas las áreas, en todos los niveles sociales. Del recato se ha saltado al más descarado impudor. No hay vergüenza. Ni encubrimiento alguno.
Tal como se viene produciendo igualmente en cuanto a las relaciones homosexuales, en un bando y otro. Esto es lo que explica el alarde con que homosexuales y lesbianas desfilan por las calles en demanda de sus derechos, porque ellos también son personas, son ciudadanos.
¿No es esto una de las características de esta sociedad que vivimos desde el 1960 del siglo pasado hasta este 2016, del Siglo de la Decadencia? ¿Estamos ante un ascenso, o ante una regresión? ¿Ante inclinaciones normales o ante patológicas aberraciones? Consecuencia de esto último es el SIDA que es un nuevo azote de la sociedad. ¡Y, cuidado por ahí viene el Zica, que se trasmite por relaciones sexuales!
Es la consecuencia como todo, del cambio. De los tiempos nuevos. Del progreso, de la nueva sociedad, esta sociedad que desde la vieja, tan cerrada, ha dejado atrás todo conflicto posible, para ser una sociedad abierta, pluralista, en la que todo es posible, con tal de que el individuo se sienta realizado a su manera.
¿Se trata de una sociedad correctamente nueva, o estamos ante el regreso a los más lejanos tiempos de la prehistoria, cuando no había norma social alguna, ni ningún principio religioso? ¿Estamos ante algo permanente, o sólo vivimos un momento de efervescencia, que pasará?
Aquel viejo y sagrado tabú de la virginidad ¿dónde existe? Aquello de que sólo se odia legar a la intimidad tras el previo matrimonio, es cosa del pasado, salvo las excepciones de siempre. Aquello de la fidelidad ha devenido en algo muy relativo y tan elástico como provoquen las condiciones y permitan la circunstancia.

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